Sostenibilidad: el contrato con la próxima generación

Cada año, el mes de la sostenibilidad nos invita a revisar lo que efectivamente estamos haciendo bajo esa palabra. Vale la pena, entonces, volver a la pregunta básica: ¿qué significa, en concreto, que una institución de educación superior sea sustentable en el siglo XXI? Y, sobre todo, ¿para qué? Porque la sustentabilidad no es un fin en sí mismo: es un medio para algo más grande, que es la sostenibilidad de la sociedad misma.

Por Christian Haeberle
Rector, Instituto Profesional AIEP

Christian Haeberle
Rector, Instituto Profesional AIEP

La respuesta más extendida (reducir huella de carbono, reciclar, instalar paneles) es correcta pero incompleta. La sostenibilidad institucional, entendida en serio, es una arquitectura de cuatro pisos que se sostienen entre sí.

Es financiera, porque sin viabilidad económica de largo plazo ninguna promesa formativa es creíble. Es de gobernanza, porque la integridad de las decisiones (cómo se eligen las autoridades, cómo se rinde cuentas, cómo se manejan los conflictos de interés) determina si la institución podrá honrar sus compromisos. Es social, porque una institución educativa que no genera oportunidades reales para sus estudiantes y para los territorios donde opera es, por definición, insostenible. Y es ambiental, porque ningún proyecto educativo tiene sentido en un planeta inviable. Quitar cualquiera de los cuatro pisos hace que el edificio se caiga.

La sostenibilidad y el empleo

Hay una dimensión adicional que el debate sobre sostenibilidad en educación superior aún no incorpora con la fuerza que merece: la sostenibilidad de la contribución que hacemos al mundo del trabajo. El “Future of Jobs Report 2025” del Foro Económico Mundial estima que el 39% de las competencias básicas de los trabajadores se transformará o quedará obsoleta entre 2025 y 2030, y que 59 de cada 100 trabajadores requerirán reskilling o upskilling en ese mismo período.

Para Chile, el Banco Mundial y la OIT calculan que un 37% de los empleos (cerca de 3,3 millones de puestos) está expuesto a la inteligencia artificial generativa. Frente a ese escenario, una institución de educación superior que forma técnicos y profesionales con competencias que envejecen a los pocos años de la titulación no es sostenible, por más reportes ambientales que publique. Por eso en AIEP hemos hecho de la empleabilidad adaptativa (la capacidad de nuestros egresados de mantenerse vigentes a lo largo de toda su vida laboral) un elemento articulador de lo que hacemos. Sostenibilidad, aquí, significa que el título que entregamos hoy siga siendo útil para quien lo recibe dentro de quince o veinte años.

Las decisiones de AIEP

Esto es lo que separa una sostenibilidad asumida en pleno de una bandera de imagen. La diferencia no se nota en los reportes; se nota en las decisiones difíciles. En AIEP adherimos al II Acuerdo de Producción Limpia para la Educación Superior, sometiéndonos a una hoja de ruta auditada que va más allá de lo declarativo. Y hoy, en la última certificación RESIES, somos una de las cinco instituciones de educación superior con mayor puntaje del país, y el único instituto profesional en ese tramo “Liderazgo”. Medirse con un instrumento exigente y aceptar la comparación pública es una forma concreta de hacer sostenibilidad.

Por otro lado, educación para la sostenibilidad, para que forme, tiene que aparecer donde el estudiante no la espera: en cómo se dimensiona un proyecto, en cómo se elige un proveedor, en cómo se diseña un servicio, en cómo se discute un dilema en clase de especialidad.

Una integración completa

Esa integración exige tres movimientos que no son sencillos. Primero, llevar la sostenibilidad al currículum de especialidad, no como capa adicional sino como criterio de diseño de las propias asignaturas técnicas. En AIEP esto se traduce en un módulo transversal que viven los estudiantes de las siete escuelas y la totalidad de las carreras, pero que es solo el punto de entrada: el verdadero trabajo está en cómo cada docente, en su disciplina, lo convierte en parte del oficio que enseña. Segundo, hacer de la vinculación con el medio un terreno donde los estudiantes resuelvan problemas reales de sostenibilidad junto con organizaciones, municipios y empresas, no en ejercicios simulados. Y tercero, orientar la innovación hacia respuestas concretas a los desafíos del territorio donde cada sede opera, porque la sostenibilidad es siempre situada: lo que es relevante en Calama no es lo mismo que lo que importa en Puerto Montt.

La existencia misma de la Red Campus Sustentable, y de su instrumento de evaluación, la Certificación RESIES, es la mejor evidencia de que el sector chileno ha decidido tomar este desafío en serio. Para AIEP, ser socio institucional de la Red no es un emblema para mostrar, sino un compromiso para sostener: una invitación permanente a medirnos con criterios comunes, a reconocer brechas y a aprender de quienes están un paso adelante. Sabemos que el camino, en propiedad, recién comienza: pasar de la medición al cambio profundo, del cambio profundo a una nueva normalidad institucional, es el trabajo de la próxima década. Ese es el contrato silencioso que firmamos cada vez que recibimos a un estudiante nuevo. Y es, probablemente, la prueba más exigente que tendrá la educación superior chilena en el siglo XXI: demostrar que la palabra sostenibilidad significa, efectivamente, lo que decimos que significa.

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Junio 2, 2026

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