Sustentabilidad Inclusiva: rompiendo barreras en la educación superior

Columna sobre la importancia de reflexionar alrededor de la inclusividad en materias de desarrollo sustentable.

Por Marcela Vaccaro Rivera,
Vicerrectora de Comunicaciones y Vinculación con el Medio
Instituto Profesional AIEP

Imagen de portada de la columna Sustentabilidad Inclusiva, de Marcela Vaccaro Rivera. Vicerrectora de Comunicaciones y Vinculación con el Medio de AIEP

Cuando la Comisión Brundtland definió en 1987 el desarrollo sostenible como aquel que satisface las necesidades del presente sin comprometer la capacidad de las generaciones futuras de satisfacer las suyas, no estaba hablando únicamente de medio ambiente.

La sostenibilidad nació con tres dimensiones inseparables —ambiental, social y económica— y en su pilar social ya latía un mandato de equidad: reducir desigualdades y no dejar a nadie atrás. Hablar de sustentabilidad inclusiva, entonces, no es sumar dos modas, sino recuperar algo que estuvo en el origen del concepto. La sostenibilidad es, ante todo, una forma de justicia que se extiende entre personas, grupos y generaciones.

Marcela Vaccaro Rivera
Vicerrectora de Comunicaciones y Vinculación con el Medio
AIEP

La educación superior es una de las piezas que articula esa justicia. El ODS 4 compromete a los países a asegurar una educación inclusiva, equitativa y de calidad, y a promover oportunidades de aprendizaje a lo largo de toda la vida. En Chile, y de manera especial en el sistema técnico-profesional, esa promesa tiene un rostro concreto: el de miles de estudiantes que son los primeros de sus familias en llegar a la educación superior. Las instituciones no somos espectadoras de la movilidad social; somos sus articuladoras. Y esa responsabilidad obliga a mirar con honestidad qué entendemos por incluir.

Porque ampliar el acceso no equivale, por sí solo, a incluir. La investigación educativa lo advierte con un concepto incómodo: la “inclusión excluyente”, que ocurre cuando la matrícula se ensancha sin transformar las condiciones que permiten a las personas aprender y proyectarse. Y si miramos con honestidad, la barrera más profunda no está en quienes llegan hasta la puerta, sino en quienes nunca supieron que esa puerta existía para ellos. Romper barreras, entonces, empieza antes: por ir a buscarlos.

Es ahí donde la vinculación con el medio deja de ser discurso y se vuelve método. Desde esa convicción nacen programas como “Cuidando Juntos”, que entrega formación gratuita y certificada a personas cuidadoras (en su mayoría mujeres que sostienen, de manera silenciosa e informal, el bienestar de adultos mayores y personas en situación de dependencia), articulando a la institución con FOSIS, SENAMA, la RED ELEAM, la AMUCH y otros actores del territorio. O las iniciativas de escolarización de adultos, que abren la posibilidad de completar la enseñanza media a quienes debieron interrumpirla por trabajo, salud o por cuidar de su familia, y que tantas veces es el primer peldaño para llegar, por fin, a la educación superior. No esperan al estudiante en la sala: salen a su encuentro.

Esto exige hacer las cosas bien, con calidad y compromiso, y sobre todo en diálogo: con los estudiantes, con sus comunidades, con los organismos públicos y con el entorno. Porque la inclusión no se decreta desde un escritorio; se construye con otros, escuchando qué herramientas necesita cada persona para entrar y para permanecer. Incluir no es bajar la vara: es reconocer que el talento está distribuido de manera mucho más equitativa que las oportunidades, y actuar en consecuencia.

Romper barreras en la educación superior, en el fondo, no consiste en esperar en la puerta a quienes saben dónde tocar; consiste en salir a buscar a quienes nunca supieron que podían entrar. Esa es la distancia que separa a una institución que admite de una que incluye, y a una sostenibilidad que se proclama de una que, con otros y en el territorio, efectivamente se construye.

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Julio 21, 2026

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