Sustentabilidad como currículo, no como anexo

Nicolás Ocaranza, Vicerrector Académico de AIEP, reflexiona sobre la sustentabilidad como un componente curricular en las IES. Léela aquí.

Foto de la mano de una persona con la palma extendida y sobre ella dos hojas cruzadas. La imagen está como portada para la columna sobre la sustentabilidad en las mallas curriculares en la Educación Superior.

Durante años, la sustentabilidad entró a la educación superior por la puerta de servicio: una charla de bienvenida, un curso optativo, una campaña de reciclaje en el hall del edificio. Bien intencionada, pero periférica. Hoy esa periferia se está volviendo currículo, y no por una razón discursiva, sino por dos razones muy concretas: lo que exige el mundo académico como evidencia de buena formación, y lo que ya está exigiendo el mercado laboral chileno, con fecha y norma incluidas.

Nicolás Ocaranza
Vicerrector Académico AIEP

Una realidad clara

Partamos por la evidencia académica. Una revisión sistemática publicada en Environment, Development and Sustainability, que analizó 72 investigaciones sobre transformación digital y sostenibilidad en educación superior, identificó tres líneas de trabajo consolidadas en la literatura: la gestión de campus inteligentes, la teorización de la sostenibilidad institucional, y —la que más nos interesa aquí— el desarrollo de competencias de sostenibilidad a través de tecnología digital dentro de la formación de pregrado.

La comunidad académica ya no discute si la sustentabilidad debe enseñarse de forma transversal; discute cómo hacerlo bien, con qué herramientas y con qué evidencia de resultado. El debate se movió de la pertinencia a la implementación.

Eso importa para el perfil de egreso, y aquí conviene ser preciso: no se trata de que todos los titulados se conviertan en ingenieros ambientales. Los análisis de mercado laboral en sustentabilidad muestran algo distinto y más útil: la mayoría de los llamados “empleos verdes” no son puestos nuevos, sino versiones actualizadas de roles que ya existen —finanzas, logística, recursos humanos, administración, salud, construcción— que incorporan una capa de competencias en gestión ambiental, trazabilidad de datos y reporte de sostenibilidad.

El informe Global Green Skills de LinkedIn confirma la magnitud del fenómeno: los profesionales con estas competencias reciben un 29% más de demanda que el promedio, y la oferta de talento capacitado sigue creciendo más lento que la demanda de las empresas. Formar en sostenibilidad, entonces, no es agregar una especialidad exótica al plan de estudios; es actualizar la caja de herramientas de las profesiones que ya existen.

El panorama nacional

Y en Chile ese mercado ya tiene reglas escritas. Desde el ejercicio 2026, que se reporta en 2027, la Comisión para el Mercado Financiero exige a bancos, aseguradoras, emisores de valores, administradoras de fondos y bolsas —bajo la Norma de Carácter General N°519, que actualiza la N°461— reportar bajo los estándares internacionales IFRS S1 y S2 del International Sustainability Standards Board. Esto no es un compromiso voluntario ni una declaración de intenciones corporativas: es una obligación normativa que, según estudios recientes de la industria, ya está generando una demanda urgente de profesionales capaces de preparar, auditar y comunicar esa información con rigor técnico, sin caer en el greenwashing que los propios reguladores buscan evitar. Cada empresa fiscalizada necesita, desde ya, personas en finanzas, auditoría, operaciones y comunicaciones que entiendan de qué están hablando esos reportes.

¿Cómo se traduce esto en la sala de clases, y qué rol cumple la tecnología? Aquí conviene ser prácticos y no solo aspiracionales. Simuladores y laboratorios virtuales permiten que un estudiante de administración modele el impacto financiero de una estrategia de descarbonización sin que la institución tenga que construir una planta piloto.

Plataformas de analítica de datos permiten que un estudiante de ingeniería o de salud trabaje con series reales de consumo energético o de huella hídrica de su propio campus, en lugar de casos genéricos importados de otro país. Y los sistemas de gestión del aprendizaje bien diseñados permiten integrar microcredenciales en reporte ESG o gestión ambiental como un módulo transversal, sin tener que rediseñar carreras completas desde cero.

La pregunta que las instituciones de educación superior tienen pendiente no es si vale la pena integrar sostenibilidad al currículo. Es más operativa: qué tan rápido pueden traducir esa integración en competencias verificables, medibles y reconocibles para un empleador que, en muchos casos, ya está obligado por ley a demostrar que las tiene en su organización. La tecnología no resuelve esa tarea por sí sola, pero sí ofrece, por primera vez, las herramientas para hacerla a escala: con datos reales, simulaciones accesibles y trazabilidad de aprendizaje, en vez de buenas intenciones sueltas en un ramo optativo.

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Septiembre 8, 2026

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