El grillo, la moneda y la quebrada: lo que la lluvia le pide escuchar a nuestras ciudades

Columna escrita por Christian Valdés Cornejo en conmemoración del Día Mundial de las Ciudades

Imagen panorámica de la ciudad de Santiago, Chile, donde se ve parte de la cordillera y algunos hitos de la ciudad, como el edificio Costanera Center. La imagen está para servir como portada en la columna conmemorativa por el Día Mundial de las Ciudades 2026

En el Día Mundial de las Ciudades (conmemorado el 31 de octubre), te invitamos a escuchar la naturaleza que convive con la ciudad, porque la sustentabilidad urbana empieza por aquello a lo que decidimos prestar atención.

Cuando era niño, entre las lecturas que mis padres me animaban a hacer, me encontré con la parábola del grillo y la moneda. Se me quedó grabada porque unía dos cosas que ya entonces me atraían: la naturaleza y la posibilidad de escucharla pese al ruido. Dice más o menos así. Un hombre indígena camina por una gran ciudad junto a un amigo. Entre bocinas, motores y multitudes, se detiene: “Escucho un grillo”. El amigo se ríe, pero él se acerca a unos arbustos de la vereda y ahí está, frotando sus alas. “Ustedes deben tener un oído prodigioso”, le dice el amigo. Por toda respuesta, el hombre deja caer una moneda. Varias personas, a metros de distancia, se dan vuelta al oír el tintineo. “No depende de qué tan agudo sea tu oído”, concluye, “sino de aquello a lo que le pones atención”.

Christian Valdés Cornejo
Director Vinculación con el Medio
Universidad Adventista de Chile

Este 31 de octubre, Día Mundial de las Ciudades, vale la pena preguntarnos qué escuchan nuestras ciudades. Y este año, en Chile, la pregunta no es retórica.

El 8 de octubre, en medio de una primavera inusualmente lluviosa, una masa de agua y barro bajó por la quebrada Honda, en Las Condes. Arrastró autos y un bus del transporte público, y entró a clínicas y campus universitarios.

Las lluvias de este año, intensificadas por El Niño, encontraron suelos saturados y una ciudad altamente impermeabilizada, como advirtió la investigadora Eugenia Gayo, del CR2. Pero el aluvión habla menos del océano que de nosotros: de una quebrada que siempre estuvo ahí y que dejamos de escuchar.

Ahí está el grillo. Las quebradas de la precordillera pasan secas la mayor parte del año, y durante décadas las tratamos como paisaje o como terreno disponible. Nuestra atención urbana está entrenada para la moneda: la plusvalía, la velocidad del tráfico, el próximo proyecto inmobiliario. El “cri-cri” del grillo (la pendiente, el cauce, el suelo que absorbe, el árbol que da sombra) suena bajito, hasta que se convierte en aluvión.

Pensar la ciudad desde el triple impacto

Suele creerse que una ciudad sustentable es la que recicla más o instala paneles solares. Ambas cosas importan, pero lo vivido esta primavera muestra que la sustentabilidad urbana es, antes que nada, una cuestión de atención, y que se juega en tres dimensiones a la vez.

La ambiental: dejar de pelear con la geografía y empezar a trabajar con ella. Es la lógica de las “ciudades esponja” impulsadas en China desde 2015: parques inundables, pavimentos permeables, humedales y techos verdes que absorben, retienen y filtran el agua en lugar de expulsarla lo más rápido posible. En Chile tenemos versiones propias que cuidar: humedales urbanos, hoy protegidos por ley, y quebradas y bordes de cauce que pueden ser parques en vez de loteos.

La social: el agua no golpea a todos por igual. Lo recuerda el lema que ONU-Hábitat eligió para este 2026: “Regenerar la ciudad: vivienda adecuada para todos”. Una vivienda adecuada no es solo un techo; es un techo que no está en el cauce de una quebrada, que no se anega con la primera granizada y que no se vuelve un horno en el verano que ya se anticipa, con temperaturas que podrían superar los 40 °C en valles interiores.

La económica: cada aluvión deja una cuenta que pagamos entre todos: calles, colectores, viviendas, días de clases y de trabajo perdidos, servicios de salud interrumpidos. Invertir en infraestructura verde y en planificación según riesgo no es un lujo ecológico; es la forma más prudente de cuidar el patrimonio público y privado. Prevenir siempre sale más barato que reconstruir.

Estas tres dimensiones no se suman: se refuerzan. Pensemos, por ejemplo, en un parque inundable. No es una solución simple ni barata, y su viabilidad depende del suelo, del financiamiento y de acuerdos entre muchos actores. Pero ilustra bien lo que buscamos: una misma intervención que reduce el riesgo de inundación, da sombra en verano, ofrece espacio público a barrios que no lo tienen y, a la larga, puede evitar gastos de reconstrucción. Mirar cada propuesta con esos tres lentes a la vez es, quizás, la forma más concreta de entender el triple impacto.

El campus como oído entrenado

Las universidades no miramos esto desde fuera: este mes el barro también entró a campus y clínicas universitarias. Nuestros campus son pequeñas ciudades, con suelos, techos, áreas verdes y miles de personas que circulan cada día. Sabemos que no siempre es posible hacer grandes inversiones, y que mover presupuestos hacia infraestructura verde cuesta. Aun así, con pasos pequeños, los campus podrían ser laboratorios para reentrenar la atención: observar por dónde escurre el agua en un día de lluvia, recuperar un rincón con especies nativas, incorporar la lectura del territorio en distintas carreras o abrir estas preguntas a municipios y comunidades vecinas. En ese camino, la Red Campus Sustentable cumple un papel valioso: nos conecta y nos permite compartir generosamente experiencias, aciertos y también tropiezos entre campus universitarios, para que ninguno tenga que aprender solo.

Volver a escuchar

Se viene un verano que podría ser caluroso y con mayor riesgo de incendios, porque el pasto que hoy crece con la lluvia mañana puede ser combustible. Pero no todos los grillos de la ciudad hablan de clima. Está el árbol del barrio que refresca una vereda entera en pleno enero; el humedal urbano donde la gente sale a caminar y anidan las aves; los cerros isla, que para muchos barrios son el único pedazo de naturaleza a pie; la feria libre que acorta la distancia entre el campo y la mesa; la vecina que sabe por dónde corre el agua cuando llueve; el silencio de una plaza a las siete de la mañana. Son señales bajitas de que la ciudad también puede ser hábitat, comunidad y encuentro. La pregunta de este Día Mundial de las Ciudades no es cuánto ruido somos capaces de tolerar, sino qué estamos dispuestos a volver a escuchar.

El grillo sigue ahí, bajo el ruido de la ciudad, y esta primavera nos lo recordó a gritos. Afinar el oído, como ciudad, es quizás nuestra tarea más urgente; ojalá no necesitemos otro aluvión para aprender a oírlo.

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Noviembre 2, 2026

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