Se nos acabó “el Tiempo”
Una columna de opinión de Rafael Sáenz-Diez, director de Sostenibilidad y Asuntos Públicos AIEP sobre el Día Internacional contra el cambio climático
3 de mayo de 1993. Salía de clases del Instituto Nacional, en pleno centro de Santiago, bajo una lluvia intensa. Casi no pasaban micros, hasta que la “1H Avenida Libertador Bernardo O’Higgins” se detuvo para llevarme a mi casa en La Reina.
A medida que nos acercábamos, veía por la ventana calles transformadas en ríos, con árboles y autos arrastrados por la corriente. Al llegar y encender el televisor entendí que la lluvia sobre la precordillera había activado las quebradas de Ramón y de Macul: 26 muertos, 8 desaparecidos y más de 32 mil damnificados. La explicación recurrente fue “el tiempo”.

Director de Sostenibilidad y Asuntos Públicos
Instituto Profesional AIEP
Con los años se entendió que confluyeron un temporal cálido, una isoterma cero sobre los 3.700 metros y el fenómeno de El Niño, junto a la expansión urbana hacia la precordillera, la modificación de cauces y la casi inexistencia de sistemas de alerta temprana.
Un panorama similar
Algo parecido ha vuelto a ocurrir este año, con los megaincendios de enero en Ñuble y Biobío, el sistema frontal de julio y el aluvión de Tocopilla en agosto y hace unas semanas en la Región Metropolitana, pero con un factor que en 1993 no se conocía de forma generalizada: el cambio climático, impulsado por la acumulación de gases de efecto invernadero de origen humano. Hoy, la concentración de CO₂e en la atmósfera es un 52% superior a la de la era preindustrial y las emisiones fósiles siguen en máximos históricos.
Para comprender esto conviene distinguir “tiempo” de “clima”. Según el Ministerio del Medio Ambiente, el tiempo corresponde a las condiciones atmosféricas de un lugar en un momento dado, y puede cambiar incluso en un mismo día; el clima, en cambio, es el promedio de esas condiciones durante un largo período. Es, en definitiva, un patrón.
Y ese patrón es claro. Según la Organización Meteorológica Mundial (OMM), 2015-2025 fueron los once años más cálidos jamás registrados: 2025 cerró aproximadamente 1,43 ºC por sobre los niveles preindustriales y 2024 sigue siendo el año más cálido, con cerca de 1,55 ºC. Más del 91% del exceso de calor se almacena en los océanos, lo que eleva el nivel del mar, derrite glaciares e intensifica los eventos extremos de lluvia y calor.
La prevención es clave
Para Chile esto no es una abstracción. El país cumple siete de los nueve criterios de vulnerabilidad definidos por la Convención Marco de las Naciones Unidas sobre el Cambio Climático, y los balances de este año lo confirman: los incendios de enero dejaron una veintena de víctimas fatales y el sistema frontal de julio sumó, según Senapred, 13 fallecidos y más de 2.200 damnificados. La pregunta ya no es si estos eventos volverán a ocurrir, sino qué tan preparados nos encontrarán.
Y sabemos que prevenir funciona. La Quebrada de Macul de 1993 cuenta hoy con obras de control aluvional que respondieron según lo diseñado en las lluvias de julio. En Tocopilla, donde el aluvión de 2015 dejó al menos siete víctimas fatales, el de agosto pasado, de igual o mayor intensidad, por suerte no cobró vidas: las piscinas y canales construidos tras aquella tragedia, aunque se desbordaron, disiparon buena parte de su energía destructiva. Aun así, cerca del 60% de las viviendas resultó con daños, en parte porque el plan regulador comunal data de 2001 y muchas casas se levantaron en la desembocadura de las quebradas. La lección: las obras salvan vidas, pero sin planificación territorial es insuficiente, porque los impactos se concentran en quienes viven en quebradas, campamentos o zonas rurales.
El rol de las IES
Frente a ello las instituciones de educación superior hemos adquirido una responsabilidad ética y social. En Chile, cuarenta instituciones convergemos en la Red Campus Sustentable, que mide nuestro avance a través del RESIES, y avanzamos en compromisos como el Acuerdo de Producción Limpia II para reducir el impacto ambiental de los campus. Pero uno de los focos más importante es la formación de agentes de cambio: técnicos y profesionales que, desde la construcción, la salud, la energía, la prevención de riesgos o cualquier disciplina, incorporen la adaptación climática como una competencia propia de su oficio.
Asimismo, impulsar proyectos de innovación o vinculación con el medio junto a los territorios donde nuestras sedes, docentes y estudiantes junto a las comunidades llevan a cabo acciones para implementar Soluciones Basadas en la Naturaleza o apoyar los planes comunales pendientes. Como también, fortalecer las alianzas con el mundo público y privado para desarrollar iniciativas, postular en conjunto a fondos nacionales e internacionales y colaborar en los programas de desarrollo nacionales, regionales o comunales de sustentabilidad, medio ambiente o acción climática.
En 1993, la respuesta fue “el tiempo”. Hoy dar esa respuesta es insuficiente. Conocemos el patrón y contamos con la ciencia, las normativas y las herramientas. Por eso convertir esa certeza en un trabajo sostenido y analizar los patrones es el primer paso; actuar antes de la próxima emergencia es una obligación, porque cada día más se nos acaba el “tiempo” cronológico.