Ecoansiedad: Sentir el colapso, resistir desde la consciencia. Una mirada desde la Psicología Social
“En tiempos de distopía planetaria e incertidumbre urge la acción”, repetimos incansablemente, pero también divagamos en la ceguera de aquello que no sabemos nombrar. Yo prefiero decir que no sé. Porque, en realidad, no sé y, con esta certidumbre, me he puesto a caminar hacia la búsqueda de marcos de sentido que podamos construir colectivamente.
Por Paulina Solís Iturra
Directora Asistente y Encargada de Sustentabilidad
Middlebury College | School in Chile
Esta columna nace a propósito de mis estudios en psicología social y de mis investigaciones sobre las experiencias de mujeres que viven en sectores rurales afectadas por la escasez y desigualdad hídrica, en un contexto de crisis planetaria y climática. He conocido a muchas mujeres sabias, expertas en lo cotidiano cotidiano del vivir, resistir y del con-vivir. Eso es algo que no nombramos y que la academia generalmente no mira.

Directora Asistente y Encargada de
Sustentabilidad.
Middlebury College | School in Chile
Cuando permanecen en la memoria las imágenes de bosque reemplazado monocultivos, humedales amenazados por proyectos inmobiliarios, ríos que dejan de correr y el silencio áspero y sordo de un lugar donde antes había cantos de aves, experimentamos una mezcla de profunda tristeza, rabia, impotencia o angustia difícil de explicar. A menudo esas emociones son interpretadas como una reacción exagerada o como una sensibilidad excesiva. Sin embargo, cada vez sabemos con mayor claridad que no se trata de una experiencia aislada. En Psicología tiene un nombre: ecoansiedad.
Durante los últimos años, la ecoansiedad comenzó a ocupar un lugar creciente en la literatura científica y en el debate público. La Asociación Americana de Psicología la define como el temor crónico a sufrir un cataclismo ambiental provocado por la observación de los efectos del cambio climático y la preocupación por el futuro propio y el de las próximas generaciones. Esta definición ha sido importante para reconocer un fenómeno que durante mucho tiempo permaneció invisible.
Investigaciones recientes en Chile, como las realizadas por Tamara Hoffmann y colaboradores, muestran que la ecoansiedad constituye una experiencia cada vez más presente entre adolescentes y jóvenes. Esta se expresa a través de emociones como la preocupación, la tristeza, la desesperanza e incluso la ecoesperanza, entendida como una forma de movilización frente a la crisis ambiental.
Sin embargo, comprender la eco ansiedad únicamente como un conjunto de respuestas emocionales o como un problema de salud mental resulta insuficiente. Surge, entonces, una pregunta fundamental: ¿en qué medida estas sensaciones están determinadas por las formas actuales de relación entre las personas, los territorios, la sociedad y el mundo más que humano?
Desde esta perspectiva, la ecoansiedad puede entenderse como una respuesta psicosocial situada frente a las transformaciones socioecológicas ocurridas en el Antropoceno. Más que una reacción individual, desde mi perspectiva, constituye una experiencia relacional que resulta de la alteración de los vínculos que sostienen el entramado de la vida y que interpela nuestras formas de habitar el mundo, de relacionarnos con otros seres y de asumir la corresponsabilidad frente a la crisis socio-ecológica.
Desde la psicología social, estás manifestaciones pueden entenderse desde una perspectiva psicosocial como una respuesta frente a la crisis que está gatillada por la pérdida acelerada de biodiversidad, la degradación de los hábitats, la contaminación y el debilitamiento de los vínculos que sostienen la vida. No constituye solamente un problema individual que deba resolverse en el espacio clínico; es también una expresión del modo en que las transformaciones socio- ecológicas afectan nuestras relaciones con el mundo que habitamos.
En este sentido debemos decir que, no todas las personas experimentan esta ansiedad de la misma manera. Quienes mantienen una relación más estrecha con la naturaleza, conectan el territorio con su ancestralidad, trabajan en temas socioambientales o viven en territorios directamente afectados suelen manifestarse con mayor intensidad.
En algunos casos aparece como preocupación persistente, dificultad para concentrarse, insomnio o sensación de incertidumbre. En otros, se expresa como culpa, desesperanza o una profunda tristeza frente a la percepción de que las respuestas políticas y sociales avanzan mucho más lentamente que el deterioro ecológico.
La psicología social ofrece herramientas particularmente valiosas para comprender este fenómeno. Las emociones no solo pertenecen al ámbito privado; también expresan las formas en que interpretamos colectivamente la realidad y los vínculos que establecemos con ella.
Desde esta perspectiva, la eco ansiedad puede comprenderse como una experiencia profundamente relacional. Nuestra identidad no se construye únicamente a partir de las relaciones con otras personas. Nuestra identidad también se configura mediante los lugares que cohabitamos, los paisajes que nos acompañan desde la infancia, las especies de flora y fauna que aprendimos a reconocer, los bosques que recorrimos y las múltiples formas de vida con las que hemos compartido nuestra existencia. El hábitat no constituye únicamente un soporte físico: es territorio, memoria, historia y experiencia vivida.
Cuando esos lugares desaparecen o son profundamente transformados, no solo perdemos biodiversidad, también perdemos identidad, porque se fracturan referencias afectivas que forman parte de nuestra identidad. El sufrimiento que desprende y ocasiona frente a esa pérdida no responde únicamente a un daño material; expresa también la ruptura de un vínculo significativo con el mundo.
La eco ansiedad pone precisamente en evidencia esa interdependencia. Nos recuerda que nuestra vida depende de relaciones sociales y ecológicas complejas y que la degradación de los ecosistemas también altera nuestras formas de habitar, recordar y proyectar el futuro.
Otro aspecto relevante consiste en la forma en que solemos explicar esta crisis climática. Con frecuencia atribuimos la responsabilidad exclusivamente a los comportamientos individuales: reciclar poco, consumir demasiado o utilizar determinados medios de transporte. Sin desconocer la importancia de nuestras decisiones cotidianas, esta mirada corre el riesgo de invisibilizar las dimensiones estructurales del problema. Los modelos de desarrollo, las políticas públicas, las dinámicas extractivistas y las profundas desigualdades socioambientales configuran condiciones que exceden ampliamente las elecciones individuales.
Comprender esta dimensión estructural permite aliviar parte de la culpa que muchas personas experimentan. Redirigirla. Entonces, la ecoansiedad no desaparece, pero deja de convertirse en un peso exclusivamente personal y comienza a transformarse en conciencia crítica para colectivizarse.
Esto también obliga a preguntarnos cómo respondemos frente a estas emociones. En una cultura que tiende a medicalizar el sufrimiento, existe la tentación de considerar la ecoansiedad como un síntoma que debe eliminarse para recuperar la normalidad. Sin embargo, quizá la pregunta más importante sea otra: ¿es esa normalidad la que necesitamos recuperar?
Si la normalidad implica aceptar la degradación de los ecosistemas, la pérdida de biodiversidad, la desaparición de los humedales y la desconexión progresiva entre las personas y sus territorios, entonces tal vez la eco ansiedad no constituya una falla del individuo, sino una reacción ética frente a una realidad que exige ser transformada.
Esto no significa romantizar el sufrimiento. La ansiedad puede llegar a ser profundamente incapacitante y algunas personas requerirán apoyo profesional. Pero incluso en esos casos resulta fundamental reconocer que las emociones también poseen una dimensión política y colectiva.
Frente a ello, me pregunto si una de las respuestas más significativas será reconstruir vínculos: Vínculos entre personas, con las comunidades, ecosistemas y con los territorios que habitamos, participar en iniciativas locales, compartir el dolor ambiental con otras personas o involucrarse en acciones, quizás esto no eliminan la crisis pero sí fortalecen nuestra capacidad colectiva para enfrentarla. Resistencia-Resiliencia.
Y aunque la palabra resiliencia no me agrade, quizás este concepto no nace de negar el problema, sino para que aprendamos a reconocer nuestra interdependencia.
En esta dirección el cuidado por el medio ambiente, pasa de una práctica ambiental, a una forma de reconstruir relaciones sociales, afectivas y ecológicas.
Quizá por eso la eco ansiedad me invita a ponerla en debate como algo más que un conjunto de síntomas que deben ser controlados. También puede convertirse en una forma de conciencia: una invitación a reconocer que habitamos territorios cargados de memoria, que nuestra historia está entrelazada con múltiples formas de vida y que el bienestar humano depende, inevitablemente, del bienestar de los ecosistemas y de relaciones saludables con el entramado de la vida.
No sé si llamar a este tiempo policrisis, crisis planetaria, climática o socioecológica; me declaro ignorante frente a su complejidad. Pero sí puedo ver que estamos transitando hacia nuevos marcos de sentido y nuevas formas de comprender nuestra relación con la Tierra.
También me atrevo a afirmar que, “sentir” no constituye una debilidad. Puede ser nuestro primer paso para cuidar, transformar y construir formas más justas y responsables de relacionarnos y habitar el planeta.