La IA no es una herramienta

Una columna de opinión de Stefan Vrsalovic, presidente de la Red Campus Sustentable, sobre la IA y sus alcances.

Imagen de una red con forma de cerebro sobre lo que parece ser un proyector holográfico. La imagen está para representar el concepto de inteligencia artificial que se trata en esta columna sobre la IA.

Pareciera que la gran mayoría de las personas maneja la IA y es capaz de señalar, sin duda alguna, cómo se debe usar y cómo se debe comprender: como una herramienta. Pero, ¿es la IA una herramienta como un martillo, una calculadora o una rueda? Creo que compararla tan fácilmente con un mero instrumento que permite más eficiencia en nuestro día a día es errar y no asumir lo que está ocurriendo. Si tuviésemos que comparar la IA con algún otro hito tecnológico de la historia de la humanidad, intuyo que estaría más cerca de la invención del fuego o la creación de la imprenta.

Stefan Vrsalovic
Presidente Red Campus Sustentable
Coordinador de Sustentabilidad ENAC

Por ejemplo, el fuego fue un acontecimiento ontológico y epistemológico: alteró la biología humana, reconfiguró la vida comunitaria alrededor de la llama y cambió para siempre nuestra forma de habitar y comprendernos en el entorno. Pareciera que la IA, en su sentido general y no solo como modelo de lenguaje, opera en una escala equivalente, pero sobre otra materia prima: el lenguaje, el pensamiento y la producción misma de sentido.

Está cambiando la forma de comunicarnos, de pensarnos y de pensar el mundo. Está, nos guste o no, redefiniendo qué significa ser humano.

Pero la analogía tiene un límite que conviene no pasar por alto, porque si lo obviamos dejamos de lado el aspecto más político de nuestra época. El fuego, una vez controlado, se volvió un bien de acceso relativamente horizontal: ardía en el centro de la comunidad y organizaba la vida a su alrededor. La IA no arde en ningún centro compartido. Es un medio de producción cognitivo cuya infraestructura, cuyos modelos y cuyos datos de entrenamiento pertenecen a un puñado de corporaciones, y que se sostiene además sobre un trabajo humano invisible y consume recursos naturales escasos, lo que solo profundiza nuestra crisis socioambiental.

Describir la IA como un acontecimiento ontológico y epistemológico sin nombrar esa concentración es aceptar solo la mitad del diagnóstico: el problema que debemos encarar es quién decide sus términos y el desarrollo de esta tecnología, y no solamente cómo debemos usar “esta herramienta”.

Además, predomina en el debate una actitud llamativa. Escuchamos a diario a expertos, analistas y entusiastas definir la IA con una seguridad pasmosa. Ni siquiera sus propios desarrolladores comprenden del todo la dinámica interna de los modelos de lenguaje ni cómo emergen sus capacidades de razonamiento; ellos mismos hablan de que operan ante una «caja negra» donde la ingeniería precede a la comprensión teórica.

Pero esa opacidad es técnica: describe lo que ignoran quienes construyen el sistema, no lo que la sociedad puede o no saber sobre sus efectos. Aunque mañana se resolviera por completo el problema de la interpretabilidad (cómo y por qué un modelo de IA toma una decisión o llega a un resultado), seguiría abierta una pregunta distinta, la que ya planteó la concentración de ese fuego: quién decide qué funciones humanas se desplazan hacia la IA, con qué criterio y en beneficio de quién. Esa pregunta abarca mucho más que la ingeniería, ya que es una discusión de sentido y de relaciones de poder que aún no hacemos.

Creo que esta urgencia por categorizar rápidamente a la IA como una herramienta y levantarnos como expertos ante un hito tecnológico que crece exponencialmente responde a un sentimiento profundo y antiguo: el miedo. Admitir la ceguera ante un fenómeno que redefine el trabajo, las relaciones político-sociales, las estructuras de la verdad, entre muchas otras cosas, resulta insoportable, y preferimos aferrarnos a definiciones apresuradas antes que aceptar la intemperie.

Pero ojo, frente a lo que sí podríamos nombrar, es decir, quiénes entrenan, poseen y explotan estos sistemas, no hace falta tener miedo y, sin embargo, prima el silencio. Creo que ahí opera otra cosa: basta con describir la IA como un destino de la especie, algo que nos ocurre a todos por igual, para que la pregunta por sus dueños concretos deje de formularse sin que nadie la haya prohibido.

Ese es, quizás, el punto más crítico de la analogía con la que empecé. La imagen del fuego sirve para medir la escala de lo que está pasando, pero se convierte en coartada si se usa para naturalizar como un hecho inevitable lo que en verdad es una decisión humana. La IA es ambas cosas a la vez: un umbral ontológico y epistemológico y una propiedad privada. Sostener solo la primera mitad produce solemnidad sin consecuencias; sostener solo la segunda reduce a mercado algo que también nos está redefiniendo.

Pretender que dominamos y entendemos la IA y que debemos enseñar cómo usarla es un refugio verbal para no enfrentar una llama que ya no gobernamos ni, mucho menos, repartimos. Aceptar que no sabemos qué es, no es un síntoma de debilidad sino, más bien, la única posición honesta para empezar a preguntar, también, de quién es el fuego.

Creo que se nos abren dos caminos. Uno, seguir manteniéndonos en una falsa seguridad y regular asumiendo que ya sabemos lo que es. Dos, admitir que no la entendemos del todo, ni mucho menos su posible alcance. En el primer caso, dejamos que los grandes actores tecnológicos definan las reglas del juego. En el segundo caso, protegemos el espacio para debatir públicamente quién debe tener el poder sobre esta tecnología.

Más Información


Octubre 29, 2026

Categorías